miércoles, 19 de mayo de 2010

Dossier Eisenstein III



UNA TRAGEDIA DE NUESTRO TIEMPO

Hay quién habla de una resurrección de Eisenstein. Es muy difícil que vuelva a la vida lo que no ha muerto. Si algún ferviente camarada se propone peregrinar a la tumba de este director (¿quedan?) para rescatar su cadaver que no pierda el tiempo: no hay tal cadaver. El sentido de la revisión actual de este autor debe tener un cariz muy diferente al de esos milagros mesiánicos que, de tiempo en tiempo, ocurren en el cine. Eisenstein no ha dejado nunca de ser parte fundamental de la historia del cine posterior a él. Frente a esta "historia posterior", el cine de Eisenstein es, cuando menos, una referencia y siempre una referencia activa y general, muy lejana de ese tipo de citas que solo existen en el rincón de los malos eruditos.


Eisenstein se ha negado a aceptar un privilegiado puesto en el Museo del Cine, para llenar un hueco infinitamente menos cómodo en la vida de su arte. Y en ese hueco permanece. La resurrección imposible de este ser vivo es nada más que un espejismo originado en la aparentemente misteriosa coincidencia del lugar que en la historia del cine ocupa.

Si el cine se esfuerza en no recuperar sus lazos perdidos con la Revolución, como asi sucede en estos días de globalización y capitalismo salvaje, peor para él. Este esfuerzo conduce hoy, casi sistemáticamente a un concierto de balbuceos. Y como escándalo para esta buscada impotencia, el ejemplo de Eisenstein cobra nuevo impulso. Y su obra se nos aparece más que ligada a la Revolución parte viva de ésta. Eisenstein es un contemporáneo porque su obra - conscientemente o no - están queriéndola reinventar todos cuantos buscan la libertad por medio del cine. Y es un contemporáneo, porque fue él quién supo captar con mayor pureza y exactitud que ningún otro, el lenguaje con que se manifiesta lo más permanente y lo más excepcional de la Historia: el lenguaje de la Revolución. El Eisenstein imagen de la revolución bolchevique, encarnación de una esperanza traicionada, es sin embargo un apasionante encuentro con un no menos apasionante pedazo de historia pasada. Un sondeo muy profundo e insustituible dentro de la historia presente, porque, a través de él, vivimos la recuperación del tiempo de la esperanza con la intensidad que imprime el hecho de que esta esperanza es hoy, en grandísima medida, una esperanza truncada.




El mundo trágico y utópico que Eisenstein construyó en sus películas está casi al alcance de nuestra mano cuando miramos hacia atrás - fue ayer - y es más nuestro aún cuando miramos hacia adelante, porque queremos rescatar de él imágenes a las que teníamos derecho y que, por ello, son nuestras. Y, sin embargo, de este mundo tan próximo nos separa un abismo que hoy no sabemos o no podemos cruzar. Las imágenes de Eisenstein son, por esa razón, cercanas, nuestras, y, a la vez, inalcanzables. Y esta combinación de proximidad e inacecsibilidad es lo que las configura como un mito poético supremo: como tragedia.

El transcurso de unas - bastantes - décadas ha impregnado a la obra de Eisenstein de una dimensión dramática que ya poseía al nacer, pero que en la actualidad se manifiesta con mayor veracidad y fuerza que entonces, en la medida que es capaz de mantenerse en pie sobre un mundo que es, al mismo tiempo, la mayor consecuencia y la mayor contradicción respecto del construido por este autor en su obra. Hay piezas culturales cuya plenitud poética oscila - pues depende - del signo aparente de los tiempos. Eisenstein desborda esa servidumbre que es la sumisión a un signo variable. El fue el más grande poeta del tiempo que haya existido hasta ahora en el cine. Lo que permanece y permanecerá de su obra es ese tiempo mismo construido y poetizado en ella, por encima o por debajo de sus significados cambiantes o de sus signos caducados.



Otro aspecto de la contemporaneidad del cine de Eisenstein se origina en el hecho de que este realizador supo hacer indisolubles su lucha política revolucionaria y su experimentación formal, demostrando que si las formas artísticas son autónomas, su autonomía no solo se degrada, sino que se hace tanto más plena, cuanto más estrechamente se vincula con las necesidades humanas a ras de suelo. El equilibrio de las obras de Eisenstein - un equilibrio casi inverosímil, inimaginable si se tiene en cuenta la materia compulsiva de que están hechas - se debe al enorme talento de este cineasta para sintetizar las oposiciones más violentas. El cine de Eisenstein es un cine de y sobre la violencia, pero todo en él es una negación rotunda y permanente de la violencia en si. Es, por ello, un cine socialista en el sentido más clásico, pleno y riguroso de la palabra. En cada película, en cada parte de esta pone Eisenstein el secreto de una conjunción perfecta entre su visión del mundo y su forma de transformarlo. Teoría y práctica, razón y acción, coinciden en el cine de Eisenstein, casi sin mediación de la voluntad, por un simple, solitario y enérgico esfuerzo de la inteligencia.

El valor teórico de los films de Eisenstein es incalculable. Su obra total, películas y reflexión sobre el cine, constituye uno de los más altos - y yo me atrevería a decir que el más alto - producto de la época revolucionaria del arte soviético, antes de que éste fuese castrado por Stalin. Incluso su capacidad polémica nos vale ahora como indicio de la fuerza agitadora que alcanzó el pensamiento de Serguei Mijailovitch, justamente antes de que la teoría y el arte soviéticos se convirtieran en una manufactura de oficina, cuando la empresa histórica del bolchevismo era objeto y sujeto de la discusión más libre y universal de todos los tiempos. Discusión en la que estaba en juego el destino y la libertad de todos los pueblos de Europa.



Dentro de una cumbre de la Historia, la obra de Eisenstein es, a su vez, otra cumbre que todavía se mantiene erguida. Hay, por supuesto, ojos miopes que no la ven. Desde su mismo campo - y por hombres que, no obstante, reconocieron siempre el talento y la integridad de su autor - la obra de Eisenstein fue combatida desde su primera muestra. Nadie negó el carácter revolucionario ni nadie atentó contra su integridad intelectual......hasta los setenta en que maoistas, trostkistas y ultraizquierdistas de salón llegaron a considerarlo ¡¡¡reaccionario¡¡¡ (Godard, que afirmó en 1968 que todos los cineastas habían sido esclavos del "sistema" incluso él ...antes de mayo). Y no solo en España. En nuestros días ya son legión quienes se atreven a hacerlo. La osadía procede, unas veces, de muchachos que deciden que es y no es revolucionario (y dentro del cine cabrían hasta las 3D), gracias s a un talismán de dudoso origen que les permite eludir la ineludible perogrullada de que no es revolucionario quién quiere hacer la revolución sino únicamente quién la hace. Si hay talismanes capaces de proporcionar coartadas como esta., no debe extrañarnos que quién los posea se atreva a calificar desde si mismo a S.M. Eisenstein como conservador, antiguo, obsoleto y museístico. Hoy, cuando la revolución no parecer interesar para nada a jovenes y no tan jovenes colonizados por el tío Sam, la comicidad ultraradical y la ignorancia dan lugar a excentricidades ridículas. Sobre todo en los cinéfilos o los que se autocalifican como tales. Los que se corren de gusto con el cine palomitero, los superhéroes, los comics y todo aquello que les retrotraiga a una no superada infancia intelectual, cultural e incluso edípica. O lo que es peor: a la moda.


Luis Betrán

1) El fracaso del socialismo tal y como lo plantearon teóricamente Marx y Engels no se debió a otra cosa que no fuese la crueldad y mezquindad de la condición humana. Nunca hubiera podido triunfar.

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