miércoles, 13 de agosto de 2014

UNA DIGRESIÓN SOBRE JOHN FORD (II)

LAS OBRAS MAESTRAS


Más de una vez he dejado escrito que me molesta profundamente la frivolidad con la que los críticos profesionales otorgan el calificativo de obra maestra a un océano de películas. Si les siguiéramos la corriente, resultaría que el cine ha parido más obras maestras que la literatura, la música, las Bellas Artes…juntas. Discrepo de tan estúpido ¿razonamiento?. Obras maestras, lo que se dice obras maestras el cine ha conseguido menos de una centena, y eso siendo generoso. En el caso de John Ford tan solo encuentro en su larguísima filmografía dos que se me antojan indiscutibles y separadas en el tiempo y el concepto. La mencionada “El hombre que mató a Liberty Valance” y “¡¡Qué verde era mi valle!!. La reflexión y la poesía.



¡QUE VERDE ERA MI VALLE! (1941), DE JOHN FORD
HOW GREEN WAS MY VALLEY


1941: el año en que Orson Welles explicaba su magistral lección sobre como distorsionar una historia. El año en que John Huston nos descubría la materia con que se forjan los sueños humanos. La década de los de los cuarenta en el cine americano todavía estaba presidida por la égida de F.D. Roosevelt, pero ello duraría solo hasta la desaparición física del padre del new deal, solo hasta las primeras bombas atómicas. Luego la guerra fría, Truman, Eisenhower, la caza de brujas y el rostro imperial de Estados Unidos al descubierto, sin máscara alguna.


La filosofía de las productoras no había cambiado, a pesar de Welles y Huston. El monolítico cine americano podía reflejar ciertos vaivenes políticos pero la fábrica de sueños era, y continuo siéndolo durante al menos dos décadas más, impermeable a las veleidades revolucionarias. En 1941 el pueblo del tío Sam no fue en masa a ver “Ciudadano Kane” o “El halcón maltés” y la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood premió generosamente la más tradicional y conservadora de las películas: “¡Qué verde era mi valle!”, prescindiendo naturalmente de halcones y ciudadanos. Cuarenta años después, con enternecedora fidelidad a si mismo, Hollywood y su Academia  premian la tradicional y conservadora “Kramer contra Kramer”. Los gustos estéticos evolucionan. La ética no. La familia es tan de recibo en las plateas de 1980 como lo era en 1941. La tradición sigue ganando batallas. Es un disco rayado que no molesta, por sabido, si no fuese porque los surcos están ya demasiado deteriorados y la melodía chirría. De la inspiración al plástico. En 1941 “¡Qué verde era mi valle!” podía alardear de su clasicismo gracias a la calidad del producto. En 1980, “Kramer contra Kramer” pregona a los cuatro vientos su funcionalidad – como la de aquél detergente que siempre lavaba más blanco – y camufla, en la medida de lo posible, la lección de los valores eternos de la familia.


“¡Qué verde era mi valle!” debe toda su grandeza al inmenso lirismo que rodea, impregna y enaltece una historia de resonancias bíblicas con débil telón de fondo en el que, casi nebulosamente, se adivinan eternos conflictos laborales. Es el Ford de “El delator”, “Hombres intrépidos”, “Las uvas de la ira”, el Ford de las adaptaciones literarias y el sólido prestigio, el Ford de las grandes ocasiones aunque les pese a los incondicionales de “La diligencia” o la trilogía de la caballería. La estructura de “¡Qué verde era mi valle!” es la del más clásico de los melodramas. Familia de mineros galeses que, poco a poco, va destruyéndose a la par que el niño protagonista y narrador escala los peldaños de la adolescencia y graba, indeleblemente, en su memoria aquellos instantes de felicidad que acudirán atropellados en el bellísimo flashback que cierra el film: ¡qué verde era entonces mi valle!.


Sobre la fuerza del recuerdo elaboró Marcel Proust uno de los monumentos literarios más complejos y minuciosos que la historia registra. Sobre la fuerza del recuerdo, John Ford ha llevado a cabo las dos obras maestras absolutas de su enorme filmografía: “¡Qué verde era mi valle!” y “El hombre que mató a Liberty Valance”. Veinte años separan la convicción de la primera del desencanto de la segunda. Ambas son, como las igualmente hermosas “El hombre tranquilo” y “Centauros del desierto”, obras de la nostalgia y la desilusión. Por mundos que nunca existieron. Por mitos con pies de barro. La complejidad del arte de Ford, ciertamente en las antípodas de Proust, exime a “Que verde…..” del sinnúmero de escollos que un melo familiar suele acarrear consigo. La aparente sencillez de “Que verde…..”  sublima ,con su extraordinario vigor poético, toda la visión paternalista, sermoneadora, desmedidamente puritana de este Ford eclesial que como buen visionario – no sería poeta si careciese de visiones – imagina una realidad que jamás existió sobre la Tierra. Visionarios fueron tambien gentes como Von Sternberg, Capra o Minnelli. Y para los visionarios no sirve el racionalismo como método analítico. “¡Qué verde era mi valle!” es, pues, la más tradicional de las películas americanas del gran clasicismo del cine U.S.A. Y en ese caldo de cultivo, tan alejado de la Revolución como nosotros de los hipotéticos pobladores de la Arcadia dichosa, en el que Ford accede a la serenidad  y su película a la más equilibrada armonía.


Aquellos que consideran que ni tan siquiera una vez en la vida debe uno dejarse llevar por el sentimiento y la emoción, prescindiendo de las reglas dialécticas del raciocinio, que pasen de largo ante “¡Qué verde era mi valle!”. Peor para ellos. Pierden la oportunidad de degustar el rancio e inimitable perfume de un combinado en el que no fallan los ingredientes y al que se añade el toque mágico del chef. O lo que es lo mismo, la voz del poeta. En 1941, la Tradición y sus hijas espurias, la reacción y la derecha, ganaban fáciles batallas de acuerdo con los deseos de los políticos servidos por los mandamases de Hollywood. Luego, en la América de Reagan y en la de Bush padre e hijo (¿Obama?), sucede lo mismo, pero John Ford está muerto, los poetas no interesan y si se volviese a filmar “¡Qué verde era mi valle!” – cosas tan disparatadas se han visto y se ven – se evitaría a toda costa el misterio de la película en aras del aggiornamiento, el infantilismo  o  la grosería. Conclusión: el cine yanqui es el mismo, los directores no, los guionistas tampoco. De los grandes y pequeños artistas hemos pasado a los aplicados funcionarios y aún menos. Y, como es sabido, los funcionarios redactan – y no se les pide otra cosa – oficios encargados por ejecutivos calcados unos de otros. Lo suyo es la fórmula. Jamás se les solicita una obra de arte.

Luis Betrán

Obituarios de hoy mismo


Robin Williams.- Como era estadounidense se dirá que fue un actor genial, blablablá…Tan solo le soporté cuando se puso serio en “El indomable Will Hunting” o en “El club de los poetas muertos”, demostrando que, efectivamente, era un buen intérprete. Su comicidad me resultó siempre tan intragable como la de Bob Hope, Lou Costello, Danny Kaye o, el más insufrible de todos, Jerry Lewis, execrable actor y realizador del que se enamoró Jean-Luc Godard.


Lauren Bacall.- Mujer de extraordinario atractivo, perturbadora mirada, carente de senos y que, sin ser bella, siempre lo pareció y además elegantísima. Actriz discreta que pudo ser una buena comediante si hubiese tenido oportunidades. Filmografía insignificante con algunas excepciones: “Tener y no tener”, “El sueño eterno”, Cayo Largo”, La senda tenebrosa” y “Mi desconfiada esposa”. ¡¡Ah!!: LA VIUDÍSIMA….DE BOGEY, NATURALMENTE.

UNA DIGRESIÓN SOBRE JOHN FORD (I)

ACERCAMIENTO A FORD EN 1979
 

Acercarse a la obra de John Ford de forma discontinua es exponerse al riesgo de la más absoluta equivocación al intentar formular juicios de valor. El cinéfilo español, tan dado a esos juicios, puede presumir de conocer muy bien la ingente filmografía fordiana cuando a lo sumo ha visto una treintena de películas entre los ciento y pico que integran el catálogo Ford. Así se explican las descabelladas opiniones que se han vertido sobre la obra de un artista que jamás ha sido bien conocido. En la época del film idealismo, Ford era ensalzado por “Pasión de los fuertes” (bizarro título español de “My Darling Clementine”), “Centauros del desierto”  (no menos bizarro de “The searchers”) o “Dos cabalgan juntos”, y despreciado por “Las uvas de la ira”, “El delator” u “Hombres intrépidos”, aventureramente tildadas de esteticistas, pecado grave en las aguerridas huestes de los cahieristas casposos. Era lógico, “Film Ideal” fue una revista tan de derechas como “Cahiers du cinéma” (invento gaullista auspiciado por André Malraux). François Truffaut escribió que “Ford babeaba ante los uniformes” – y era cierto – pero fue llamado al orden por la dictatorial “maman” y rápidamente aclaro “sé que sido injusto con Ford”. No se podía hablar  mal del falso tuerto de origen irlandés.


Posteriormente, un oportuno ciclo televisivo nos sirvió a algunos para que amáramos “Las uvas de la ira”, “Hombres intrépidos “ y, sobre todo, “Que verde era mi valle” y desmitificáramos “La diligencia”, “Pasión de los fuertes” o la trilogía de la caballería – “Fort Apache”, “Río grande” y “La legión invencible”.  Pocos años después, y otra vez RTVE, nos presentaba a Ford en plan cineasta “new deal”, lejos del western y de las baladas sentimentales y cercano al melodrama King Vidor o la comedia Frank Capra. El mosaico fordiano se convertía en un damero maldito que ni los de Conchita Montes en “La Codorniz”. En 1979 cualquier valoración de este clásico indiscutible era provisional.


John Ford es un primitivo del cine, curtido en los seriales-western  y que tardó bastante tiempo en tener un estilo propio como bien demuestra la supuesta gema silente “El caballo de hierro”, tan impersonal como tediosa. Y es que el Ford del cine mudo no reviste el menor interés, solo fijándonos en los títulos de sus films se constata que Ford llevaba a cabo su largo aprendizaje primero en los citados seriales al servicio del cowboy Harry Carey, y luego en los diversos géneros ya establecidos: comedia, histórico, melo, aventuras, bélico paulatinamente enriquecidas por el advenimiento del sonoro.


El Ford que empieza a gustarnos es en mi caso el de “El delator” (1935) y “Prisoner of Shark Island” (1936), películas flanqueadas por despropósitos como “Peregrinación” o “María Estuardo”. En los años cuarenta Ford es un artista mayor en Hollywood, como bien atestiguan esas películas que he mencionado como muy queridas por mí (y por otros). En los cincuenta sigue habiendo mucho Ford que combina lo excelente – “El hombre tranquilo”, “Centauros del desierto”, “Wagonmaster”, “El último hurra” – con lo mediocre – “Cuna de héroes” (el Ford más militarista), “Escrito bajo el sol”, “Mogambo”, “Misión de audaces”. Los años sesenta confirman la decadencia y el veterano león se justifica de bobadas como “El sargento negro” (soldado ejemplar, soldado ejemplar)  o “La taberna del irlandés” con una gloriosa película de síntesis que, además de ser una obra maestra y acaso el mejor western de la historia del cine, lleva en sí misma  fragmentos decisivos de la clave que puede servirnos para aproximarnos a Ford sin tópicos consabidos: “El hombre que mató a Liberty Valance (1961) o la muerte y entierro del Oeste racista y bravucón, John Wayne y su personaje incluido en la mejor interpretación de su vida., the Duke reconvertido en loser (sorry, jerga yanqui). “El gran combate” (Cheyenne autumn”) pudo ser y no fue – la culpa no es achacable a Ford – el gran testamento del viejo autor que ahora otorgaba dignidad a tantos indios como había matado. 


“Siete mujeres”, probablemente fue un encargo que le pilló con demasiados años y el resultado alternó lo sublime, el desenlace, el personaje y la actuación de Anne Bancroft, con lo ridículo, la lucha del Tunga Khan con Woody Strode. Se despedirá de su oficio con un documental nunca visto y en el que ahora deliraba a lo John Wayne con los boinas verdes, se llamó “Vietnam, Vietnam” pero ¿fue sincero?. Evidentemente Ford fue un hombre republicano y de derechas, más extrañamente contradictorio. Sabido es que Fue Ford y nadie más que Ford fue el que libró a Joseph L. Manckiewicz  de ser denunciado por comunista (???) tal y como quería Cecil B. De Mille en plena caza de brujas.


“Liberty Valance” deviene la cumbre de Ford – junto a “Qué verde era mi valle – y por encima de la que siempre aparece en las listas de las mejores de…..”Centauros del desierto”, ciertamente magnífica y de una belleza visual deslumbradora pero lastrada por el insulso personaje de Jeffrey Hunter y “sus aventuras amorosas” amén de una ambigüedad en el racismo o no de tan alabada cinta. John Ford es un monumento del cine a lo Monument Valley su decorado natural favorito) y, acaso, el más perfecto ejemplo  del clasicismo de Hollywood (aunque servidor prefiera a Howard Hawks). Una obra gigantesca la suya que engloba una veintena aprox. de buenas o muy buenas películas, un sinfín de trabajos menores y un numeroso material de desecho. Que detrás de esta enormidad hay un autor con un mundo propio es indiscutible (salvo los encargos, que siempre solía aceptar). Penetrar en el bosque fordiano no es baladí. Pequeño poeta de fácil lagrimeo, juergas de taberna, westerns racistas y liberales, aventuras exóticas, comedias irlandesas, literatura de calidad, documentales de propaganda. A un cineasta capaz de todo eso en más de ciento veinte películas es imposible asimilarle globalmente. Nuestro entusiasmo por Ford está obligatoriamente matizado por las reservas derivadas de la inabarcabilidad de su corpus fílmico.

Luis Betrán

12-XII-1975


Pdta- en 2014.
En este blog, pocos años ha, se llevó a cabo una encuesta entre varios miembros de la Tertulia Perdiguer de Zaragoza, para elegir (¡ay, las listas!) a los más grandes directores de la Historia del Cine. Ford ocupó el segundo lugar. Ingmar Bergman el primero. La cara y la cruz del cine o los extremos se tocan. Yo admiro a Ford, más solo al de las grandes ocasiones. Hoy añadiría a las películas que de él más me gustan “La diligencia” (un prodigio de narración cinematográfica) y “Fort Apache” (anticipo irregular pero muy bello de “El gran combate”).

miércoles, 6 de agosto de 2014

TEXTOS DE URGENCIAS (2)

¿QUIÉN SERÁ EL PRESIDENTE?


Los prestigiosos intelectuales se han mojado. Antonio Elorza y Santos Juliá se han cubierto de mierda y por las 30 monedas de Judas se han vendido al P.S.O.E. y a “El País” con un encomiable fin. Insultar, calumniar, difamar, mentir y, si es posible, anular a Pablo Iglesias y PODEMOS. El intelectual comprometido con la democracia, don Antonio Elorza, ha comparado al hombre de la coleta con el Dictador Comunista malísimo de Corea del Norte, el segundo nos avisa de que los votantes y/o militantes de PODEMOS somos como el jovencito y su coro que cantan “tomorrow belongs to me”. Es una secuencia de la oscarizada película “Cabaret”, de Bob Fosse y la escena, probablemente la  mejor del film, nos muestra que el rubio ario y el resto portan camisas pardas, svásticas y saludan a la romana. Va a llegar Hitler – algo tan improbable como que Franco resucite para satisfacción del P.P. – o, seamos serios, los neonazis. Vaya mezcla la que proponen los “indiscutibles” sabios; comunistas de palo y tente tieso y nazis de nuevo cuño. Una de dos, rediós.


“El País”, en su inquebrantable adhesión al gonzalismo  - que ni socialismo ni obrero – en un editorial atemoriza a sus lectores andaluces explicándoles que por culpa de PODEMOS el partido franquista en el poder y el de la derecha  burdamente camuflada empatarían en diputados en la Junta de Andalucía. Y en otro editorial, despavorido por el constante aumento de seguidores y/o votantes de PODEMOS, dice que el gran P.S.O.E. no debe renunciar a su esencialidad socialdemócrata (??????????) so pena de verse desbordado por los “radicales y populistas”. No han terminado. Esto será, como en los viejos cines de antaño, sesión continua y aguardo con ansiedad textos de Vargas Llosa, Florentino Pérez (el fútbol lo primero, como decía la “sonrisa del Régimen” don José Solís “menos latín y más deporte”), Juan José Millás (me sorprendería pero todo es posible en Granada) y…..FELIPE GONZÁLEZ y el sermón de la montaña, y los obispos, y Emilio Botín……. Y queda un año para las Elecciones Generales, y antes las municipales y las autonómicas (o a la vez, qué más da) y este chico, el Pedro Sánchez, tiene que tener mucho cuidado porque como siga metiendo la pata en sus declaraciones le sustituiremos por la más felipa que Felipe (no el nuevo Rey, segundo en la dinastía entronizada por Su Mierdencia) Susanita tiene un ratón que lo mismo sirve para un barrido que para un fregado aunque no haya barrido ni fregado en su dulce vida. ¡¡Ay, Felipe de mi vida, siempre a la verita tuya!!.


Un comentarista de este blog, pensando en Pablo Iglesias, recordó lo sucedido a al Papa Juan Pablo I el Breve. Exageraba. Yo no  sé si al Pontífice de la Sonrisa le envenenaron, lo ahogaron con su almohada o, simplemente, se murió de un “panic attack” (como el que le da a Michel Piccoli en la estupenda “Habemus Papam”, de Nanni Moretti), pero cierto es que Pablo Iglesias debe andarse con cuidado. En el mundo globalizado hay un statu quo desde Reagan/Tatcher  se desea inamovible. Y en él no hay sitio para Pablo Iglesias y PODEMOS. En el fondo la célebre frase del gatopardo lampedusiano y viscontiano: “para que todo siga igual es preciso antes que todo cambie”. PODEMOS no ¿gobernará? nunca en España pero sería una incómoda oposición porque dejaría al P.S.O.E. en una tremebunda disyuntiva: con quién pacto alianza si el P.P. no obtiene mayorías absolutas (como así sucederá porque de repetirse otro triunfo de Rajoy apaga y vámonos, a ver si mi salud y mi pasta gansa me permiten emigrar a Francia que está cerquita). Donn’y worry, be happy. Ya lo dijo Felipe, éste sí, el Gonzalez. La unión hace la fuerza y el reparto de beneficios.


El capitalismo salvaje que domina el universo, con crisis incluida, no ha sido otra cosa más que una manifestación - otra - de la maldad de la condición humana, muy superior a la casi residual bondad. Homero lo sabía, Shakespeare lo sabía y hasta Obama y el Papa Francisco lo saben aunque intenten disimularlo. Tenemos un amo que se llama Estados Unidos y aún pasarán décadas hasta que tengamos otro (¿China? La comunista capitalista tan bien retratada por el cineasta Jia Zhan-ke en su formidable “A touch of sin”), el resto de Occidente, y aún de Oriente (Israel como receta para los palestinos, si no quieres taza, taza y media) no somos más que colonias del Gran País de la Asociación del Rifle, de la Pena de Muerte, de las puntuales matanzas, de la C.I.A., del Tea Party, de las disparatadas sectas religiosas fundamentalistas. 


En  Europa el Imperio tiene un gendarme. Se ubica en Berlín y se llama polizei Merkel. Socialdemócratas y conservadores han de ir juntos y en unión defendiendo la bandera de la Santa Tradición. En Cuba hay hambre, dicen, pero no por Fidel (pronto me llamarán, como a Pablo, castrista) sino porque el bloqueo yanqui dura ya 50 años. La Iglesia Católica y el Opus Dei seguirán siendo los regidores de la España Constitucional. La Revolución es una utopía que se pierde en la noche de los tiempos de Francia y Rusia. PODEMOS es un estorbo, un contratiempo que se desea pasajero. Goya anotó que “el sueño de la razón engendra monstruos”. Y acertó. Pero también se puede soñar con la utopía. Nada ni nadie me lo puede impedir. Así que PODREMOS.

Luis Betrán

TEXTOS DE URGENCIAS (1)

EL SEÑOR PRESIDENTE


¿Cómo es posible, oh ambicioso, de cuya codicia y bajos intereses tu misma frente es espejo, que los griegos se sometan voluntariamente a tus órdenes? (Homero, La Ilíada)
No importa que el gato sea blanco o negro. Lo importante es que cace ratones (Proverbio chino repetido por Felipe González “ad infinitum ad nauseam”.
El P.S.O.E. tiene en julio de 2014 nuevo Secretario General, se llama Pedro Sánchez, es joven y guapito y ha sido elegido por…..Felipe González y su banda ubicada en Despeñaperros abajo.  Traigo a este blog un viejo texto nada menos que firmado a 17 de septiembre de 1985.

EL SEÑOR PRESEDENTE



Al sr. Presidente, como a Pinocho, parece haberle crecido la nariz de tanto mentir. Geométricamente ubicada en el centro de un rostro gordezuelo, hecho de redondeadas mollas y antiestéticas carnosidades, ese apéndice prominente, cyraniano y quevedesco, se basta por sí solo para inspirar un prudente recelo. La faz adusta, la gravedad del gesto, se ven traicionadas por la napia delatora. Porque con nariz y todo, Felipe González está serio desde que ejerce el poder. Antes, en el dulce Olimpo de la oposición responsable que machacó  a Adolfo Suárez, aceituno y macareno al decir de finos poetastros, juvenil y de pana en decadente aspecto progre, F.G. era solo F. y se preciaba de irradiar una excentricidad tan poco hispana como la honradez. Fina estampa de caballero con pasado inmaculado (¿Qué sucedió en el Congreso de Suresness en el que F.G., A.G. y su tropilla hispalense defenestraron a Rodolfo Llopis? ) y fe contagiosa en un futuro rectilíneo. Pero la política es una línea curva y el profesional de tan sinuosa disciplina es proclive a archivar en el baúl de los recuerdos aquel axioma de que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta.


El sr. Presidente, erguido en la cubierta del Azor (el yate de Su Excrecencia), encorbatado y deschaquetado se ha ido volviendo solemne…como si antes no lo fuera. Apostilla añadida al final de la oración presente  porque F.G. ya fue campanudo en el momento en que su partido consiguió 120 escaños y afirmó aquello de la alternativa de poder. El resto, las transformaciones físicas – canas y ojeras – que en Celtiberia van ligadas al ejercicio del poder, han terminado de eliminar cualquier rastro de juventud en este personaje con vocación de posteridad. Más la solemnidad, si no va acompañada de actos que la refrenden, es mera retórica y eso lo ¿aprende? hasta el inculto pueblo español. La política de F.G. y sus camaradas de bandería – su retorcido y viperino Pepito Grillo (Alfonso Guerra), el desastrado y desastroso ministro del Interior (Barrionuevo y luego Corcuera), los martillos de humildes sres. ministros de Economía y Hacienda (Boyer, Solchaga), y los restantes e irrelevantes miembros de un gobierno que aspirar a la eternidad (como SuCulencia), con la única excepción de un laborioso, competente y educado ministro de Asuntos Exteriores (Morán) que, antes de ser cesado, fue vergonzante blanco de burlas malévolas y chistes horteras, - es formalmente gestual y profundamente negativa para la penúltima esperanza de cambio. Lo que se lleva a cabo con hechos y no gestos y que rebasa las intenciones y capacidades de F.G., mediocre actor de carácter, sin vena cómica alguna, y al que nunca enseñaron otra cosa que no fuese el desparpajo en las lides parlamentarias.


F.G. en los años en que no era nadie, ni siquiera Isidoro, estudió su propio camino de perfección de tal forma que cuando abandonó el anonimato y se asomó al escaparate de las figuras públicas ya era un hombre y un político sin tacha, listo para ocupar en la Historia el puesto de Gran Reformador. Durante el borrascoso mandato del duque de Suárez, F.G. se caracterizó por su aplomo y seguridad en sí mismo frente a las vacilaciones  y nula preparación oratoria del valiente Suárez. F.G., a falta de otros méritos (los revolucionarios hubieran sido contraproducentes), podía exhibir un currículo sin mancha al contrario que el pasado franquista de son Adolfo. Luego, la estulticia marmórea de Leopoldo Calvo-Sotelo puso en bandeja la rápida culminación de la carrera de éste irreprochable y brillante ciudadano.


No obstante, cuando F.G. ya no es alternativa sino poder, se ha podido entrever una actitud suya susceptible de la desconfianza. En aquél Congreso del P.S.O.E. en el que el Secretario General y su Ejecutiva de incondicionales habían proclamado la abolición del marxismo como método de análisis de la sociedad, el compañero González se salió con la suya amenazando con irse a su casa (bis en la entrada en la OTAN), tal y como hacía Alejandro Magno cuando los fatigados macedonios se negaban a seguirle en su irresistible camino de gloria. Breve: F.G., antes de acceder al poder ya se sabía dios, dios único del presente que no del pasado, dios omnisciente del nuevo estilo que sus fieles, respaldados por el sufragio de la mayoría silenciosa, iban a traer a la ruin , envidiosa, zaragatera y machadiana España. El nuevo look de F.G., ya en la Moncloa, consistió en sustituir la pana y la zamarra por el tweed y el frac. El diosecillos ya era el Padre Nuestro del Cambio y en su semblante profundo no debía haber lugar para la ironía, el rictus jocundo de un mínimo chascarrillo. No. F.G., como Bruto, es un hombre de honor que tiene sobre sí la pesada y abrumadora tarea de guiar la nave del Estado. Rol  que va a desempeñar con sobresaliente cum laude ya que él, y ningún otro, es el Gran Timonel.


F.G. es depositario de la rancia y recia tradición española que consiste en que sus Jefes de Gobierno no se equivocan nunca. Lo mismo sucede a la aherrojada oposición, tan seria como el partido en el poder, pero que al carecer de expectativas se permite algún tímido relajamiento. El Presidente no, él y su partido no ha recibido ayudas económicas ni de Flick ni de Flock. El asunto de las escuchas telefónicas es materia poco importante para ser tenida en cuenta por quién porta la máxima responsabilidad del Estado. Indalecio Prieto, hombre inteligente al decir de F.G., desbarró aquel lejano día en que dijo que los Estados Unidos iban de imperialistas. Y para remate la fabulilla del gato y los ratones, insospechada panacea pekinesa que arregla dialécticamente lo mismo un roto que un descosido. Al “puedo prometer y prometo” de Adolfo Suárez, F.G. ha opuesto el respaldo de los 10 millones de votos (¡que enormidad de esperanza traicionada!).  F.G. solo a Dios, o a una Internacional Socialista esterilizada de marxismo o a Ronald Reagan parece obligado a rendir cuentas, Las palabras y los actos de este tramposo que por no ser no es ni socialdemócrata, no deben ser objeto de discusión ni de análisis. 800.000 puestos de trabajo prometidos se traducen en 800.000 subsidios de paro. El No rotundo a la OTAN pasa a ser un No de entrada y un SI a la postre proclamado con reconvertido entusiasmo. El crudo realismo de la coyuntura es el que manda. Entonces, ¿es F.G. víctima propiciatoria de la indeseada señora?. Si es así, un poco de humildad no vendría mal  a quién parece la absoluta encarnación de la soberbia del éxito. Pero Felipe hace lo que tiene que hacer y su rostro expresa estupor e indignación cuando alguna afirmación es puesta en entredicho por algún culiparlante sin su pedigree democrático. F.G. es hombre de respuesta fácil, aunque esta se localice en la muy mentada orografía de Ubeda, y no permite a sus mesnadas ni siquiera la grata teatralidad del Parlamento.


Y así se perpetúa nuestra España eterna, fiel a sí misma, lejos de la rabia y de la idea. Y la nariz del predestinado va creciendo y creciendo, destacándose cada vez más en una cara abotagada. Felipe Gonzáles quizá haya ganado una posteridad.: la del mayor traidor a la democracia y al socialismo. Ya le espeto a Fraga aquello de que “usted tiene en la cabeza todo el Estado”. Fue el aviso del contubernio P,P.-P.S.O.E.

Luis Betrán

Especialmente dedicado al diario “El País”, gonzalista – y monárquico – hasta el tuétano. Y miss Susana Díaz, ejemplar “trabajadora”, ya le recordará a Pedro Sánchez la orden de Alfonso Guerra: “El que se mueva no sale en la foto”.